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Adina Harnagea

Visibilidad · 4 min de lectura

Ventana o espejo

Hablar mucho no significa tener voz. Ser visible no significa ser relevante.

Adina Harnagea · Journal

Portada del ensayo «Ventana o espejo»

Cada semana alguien se sienta delante de un micrófono en el estudio de la radio, y casi siempre sé qué tipo de entrevista vamos a tener antes de la primera pregunta, por la manera en que lo mira. Hay quien mira el micrófono como se mira por una ventana, buscando a la gente que hay al otro lado. Y hay quien lo mira como se mira en un espejo, comprobando cómo sale.

Cuanto más sabes, más consciente eres de todo lo que te falta por saber. Cuanto más lees, más larga se hace la lista de libros pendientes. Cuanto más escuchas, más cuidado pones al hablar. Por eso las personas que de verdad han profundizado en algo suelen elegir despacio sus palabras, admiten sus dudas sin que les tiemble la voz y, muchas veces, te devuelven preguntas mejores que las tuyas.

En los últimos meses me ha escrito mucha gente para pedirme una entrevista, y me alegra, porque mi trabajo consiste precisamente en eso. Pero cuando les pregunto qué quieren contar, demasiadas veces la respuesta no es una historia, sino un deseo: quieren construirse una marca personal, quieren que se les vea. Y cuando rascas un poco, el guion se parece sospechosamente al de la persona anterior, con las mismas frases sobre la resiliencia, los mismos tres pasos para el éxito y la misma foto con los brazos cruzados.

No se lo reprocho. Vivimos en una época que confunde estar a la vista con tener algo que enseñar. Es como abrir una tienda con un escaparate precioso y las estanterías vacías: la gente entra una vez, porque el escaparate es bonito, y no vuelve, porque no había nada que llevarse a casa.

Un micrófono no convierte a nadie en una voz. Lo amplifica. Si lo que llevas dentro es una experiencia, una decisión que te costó cara o un error del que aprendiste algo que nadie más podría enseñar, el micrófono lo hace llegar más lejos de lo que imaginas. Si lo único que llevas son las ganas de que te miren, también lo amplifica. Y eso se nota en el primer minuto.

Las mejores conversaciones que he tenido no han sido con las personas que más hablaban, sino con las que tardaban un segundo de más en contestar. En ese segundo está la entrevista entera: es el momento en que alguien deja de recitar y empieza a pensar delante de ti.

Hablar mucho no significa tener voz.

Ser visible no significa ser relevante.

Y hacerse viral no convierte a nadie en una autoridad.

Antes de pedir un micrófono, conviene hacerse una pregunta sencilla y un poco incómoda: ¿quiero que la gente vea algo a través de mí, o solo quiero que me vea a mí?

El micrófono es el mismo. Lo que cambia es hacia dónde miras.

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Casi siempre, estos pensamientos nacen de una conversación. Gracias por leer.

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