En muchas casas hay un marco de puerta lleno de rayitas de lápiz. En cada cumpleaños ponen a los niños de espaldas contra la madera, con los talones pegados y la barbilla recta, y alguien marca hasta dónde llegan. Lo curioso es que nadie nota que crece mientras lo vive, porque los días se parecen demasiado entre sí. Solo delante del marco, viendo cuánta madera hay entre la raya de este año y la del anterior, entiendes cuánto has cambiado.
Yo tengo un marco de puerta, y ya os he hablado de él. Se llama Philippe. Lo conocí hace más de veinte años, cuando yo trabajaba en televisión y no me atrevía a imaginar otra vida. Este año volvimos a encontrarnos, y pasó algo que creo que él no esperaba: la química seguía intacta. Después crucé medio mundo para verlo, y le sorprendió que lo hiciera. Ahora ha sido él quien ha venido a verme.
Pero más allá de la química y de los años, Philippe es la mejor persona que conozco, buena gente de verdad. Se le nota en la mirada y en la forma de hablar, en esa amabilidad tranquila que no necesita demostrar nada. Y lo raro es que a mí, cuando un hombre es bueno y amable, normalmente se le apaga todo el atractivo; lo miro con cariño y deja de interesarme. Con él no me pasa. Quizá por eso, después de tantos años, sigue siendo la excepción.
Entre una visita y otra algo cambió, y no sabía qué. Pensé que serían sus vacaciones, hasta que un día, sin que yo le preguntara nada, me habló de otra mujer. Me aseguró que no le interesaba, y entonces supe que sí. Lo sé porque yo hago exactamente lo mismo: cuando no me puedo sacar a alguien de la cabeza, lo menciono en conversaciones donde no viene a cuenta, como quien abre una ventana para soltar presión. Quizá nombrar a alguien de pasada sea la única manera de tenerlo cerca sin reconocer que lo quieres cerca.
Así que no está como estaba, y no creo que sea por mí. Y aun así vino. Y yo, como cada vez que lo veo, he dado un salto.
No es la primera vez que me pasa. Después de conocerlo dejé la televisión, me separé de mi novio, que a ojos de todos formaba conmigo la pareja perfecta, y me fui de mi país. Cuando volvimos a encontrarnos, tantos años después, me lancé a los escenarios y regresé a mi gran pasión, el periodismo. Y ahora, después de esta última visita, vuelvo a subirme a un escenario con un proyecto del que os hablaré muy pronto. Cada vez que aparece hago algo que llevaba tiempo sin atreverme a hacer, y me sale bien.
Durante años pensé que la clave era él, pero si lo miro en frío, la lógica no se sostiene. No me dice qué hacer, no me abre puertas y, a veces, como ahora, ni siquiera está del todo presente. Lo que hace es otra cosa: me conoció antes de todo. Es la primera raya del marco. Cuando me pongo delante de él, no me mido con la gente que me rodea hoy, sino con aquella chica que fui, y la distancia entre las dos rayas es tan grande que me da vértigo y, sobre todo, ganas de marcar la siguiente.
Un marco no necesita quererte para enseñarte cuánto has crecido.
Ni siquiera necesita mirarte.
Y aquí está lo que quiero que os llevéis: el salto nunca lo dio él, lo di yo. Él solo me recordó dónde estaba la raya anterior. Todos tenemos a alguien así, una persona que nos conoció cuando éramos otra cosa y que, con solo aparecer, nos devuelve la medida de lo que hemos recorrido. No hace falta que se quede, ni que os quiera, ni que sepa el papel que tiene. Basta con que, cuando la tengáis delante, os atreváis a mirar la distancia y os preguntéis cuál va a ser la próxima raya.
Porque crecer se nos da bien a todos. Lo difícil es darse cuenta.
¿Quién es tu marco de puerta? ¿Y cuándo fue la última vez que te pusiste delante de él?
Casi siempre, estos pensamientos nacen de una conversación. Gracias por leer.
