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Adina Harnagea

Liderazgo · 4 min de lectura

Firma el cuadro

Trabajamos, nos dividimos y nos multiplicamos para llegar a todo, y luego le damos el mérito a la suerte. ¿Por qué nos cuesta tanto decir «esto lo he conseguido yo»?

Adina Harnagea · Journal

Haz la prueba. Dile a una mujer que lleva un vestido precioso y escucha la respuesta. Casi nunca será «gracias». Será «ay, si es viejísimo», o «me costó cuatro duros en rebajas», o «pues de espalda me queda fatal». En diez segundos, ella sola habrá desmontado el halago, como quien devuelve un regalo sin abrirlo porque le da vergüenza aceptarlo.

Con el trabajo pasa exactamente lo mismo, solo que hay más en juego. La felicitas por un ascenso y te contesta que ha tenido suerte. Le dices que su empresa va muy bien y te habla de su equipo, de su socio, del buen momento del mercado y de su madre, que le cuida a los niños los martes. Todo es verdad, seguramente. Pero en esa lista falta siempre la misma persona: ella.

Nos han educado así. A ser agradecidas y discretas, a no destacar demasiado para no molestar. Una niña que dice «lo he hecho yo» es una creída; un niño que dice lo mismo tiene seguridad en sí mismo. Crecimos con esa diferencia tan metida dentro que ya ni la oímos, y de mayores la seguimos aplicando contra nosotras con una disciplina admirable.

Y, sin embargo, cuando haces la cuenta en frío, los números no salen. Trabajamos, cuidamos, organizamos y llegamos a todo dividiéndonos y multiplicándonos a la vez, y luego, cuando algo sale bien, se lo atribuimos al viento. Es como pintar un cuadro durante años, de madrugada y entre lavadora y lavadora, y dejarlo sin firmar. Alguien acabará poniendo su nombre en la esquina. Normalmente, alguien que pasaba por allí.

A mí me enseñaron que la humildad es una virtud, y lo es. Pero hay una humildad sana, la de quien sabe lo que le falta y sigue aprendiendo, y hay otra que no lo es tanto, la de quien sabe perfectamente lo que ha hecho y lo esconde para no incomodar. Esa segunda no tiene nada de humilde. Es una pequeña mentira que repetimos tantas veces que acabamos creyéndonosla. Y si hay algo que no soporto es la hipocresía, también la que nos hacemos a nosotras mismas.

Además, hay alguien mirando. Mis hijas no aprenden lo que les digo; aprenden lo que me ven hacer. Si me oyen repetir mil veces que todo lo que he conseguido fue suerte, eso es lo que creerán de sí mismas el día que les toque conseguir algo a ellas. Prefiero que me oigan decir, de vez en cuando y sin pedir perdón: esto lo he hecho yo, me ha costado mucho y estoy orgullosa.

No se trata de dejar de dar las gracias. A la gente que trabaja conmigo, a quien me abrió una puerta, a quien me escuchó un mal día, les debo mucho, y se lo digo. Se trata de no olvidarnos de nadie en la lista. Tampoco de nosotras.

La próxima vez que alguien te felicite, haz el ejercicio más difícil de todos: di «gracias» y cállate. No añadas la rebaja, ni la suerte, ni el equipo. Deja que el halago se quede donde ha caído.

Y si algún día te preguntan cómo lo hiciste, prueba a contestar la verdad.

Gracias a mí.

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Casi siempre, estos pensamientos nacen de una conversación. Gracias por leer.

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